
-¿Orochi? – repetí.
Asintieron con un gesto idéntico, sentados cada uno en un extremo de la mesa.
La casa de los gemelos no era demasiado grande, pero comparado con el bosque era casi un palacio. Los tazones de sopa que humeaban en la mesa me recordaban el hambre que tenía.
-Lo siento, pero no me suena… - les dije, bajando la vista.
-Está claro que no eres de aquí – suspiraron al mismo tiempo.
-Es una de las familias más importantes de la zona – empezó Fobos.
-Y hace algún tiempo llegó a su casa una extranjera… - continuó su hermano.
-Escuchamos a Ryuusei decir que no era de este mundo…
-Así que pensamos que igual era del tuyo.
Me pone de los nervios cuando los gemelos terminan las frases del otro, pero esta vez se me escapó una sonrisa.
-¿Sabéis como se llama? – pregunté.
Ellos negaron con la cabeza.
De todos modos, aunque esa chica fuera de mi mundo… ¿Qué posibilidades había de que nos conociéramos? Todavía estaba tratando de asimilar que ahora ya no me encontraba en mi casa, que ni siquiera estaba en el mismo mundo que mi familia, que mis amigos…
La gente del pueblo me había observado con curiosidad mientras caminábamos en dirección a la pequeña casa. Mi ropa, mi aspecto, todo estaba fuera de lugar.
Necesitaba saber que no era la única en esa situación.
-¿Creéis que podría hablar con ella? – les pregunté.
Se quedaron en silencio unos instantes, mirándose como si pudiera hablar telepáticamente. Igual podían, ya no me sorprendía nada.
-¿Francamente? – preguntó Deimos
-No creo que te reciban – musitó Fobos. – Viven en una especie de jaula de oro…
-¿Entonces para qué me decís nada? – me quejé.
Parecían divertidos ante mi reacción. No pude evitar pensar que para ellos yo era una… “novedad”, la chica rara del otro mundo.
-Te acompañaremos hasta la urbanización donde viven, pero no te podemos prometer que te vayan a recibir – dijeron al unísono
Asentí.
-Eso me vale.
Unas horas más tarde, cuando la luz del sol empezaba a perderse en el horizonte, la imagen de la enorme mansión se dibujó frente a nosotros.
A su alrededor decenas de casas similares esperaban silenciosas a que llegara algún nuevo dueño que pudiera habitarlas. Todo estaba en silencio.
Retazos de niebla flotaban en torno a nosotros, impidiéndonos ver los nombres escritos frente a las verjas de las mansiones. Más que un lugar habitable, parecía un cementerio.
-Este sitio pone los pelos de punta – resumí.
Di un par de pasos hacia la pesada verja metálica, que casi parecía la mandíbula de algún animal a la espera. Los grandes ventanales estaban oscuros, como si nunca se hubiera encendido una luz en su interior.
Tragué saliva, volviéndome hacia los gemelos que esperaban un par de metros por detrás de mí, con los brazos cruzados.
Me dedicaron una sonrisa de aliento.
La verja chirrió al contacto con mi mano.
No había ningún timbre o algo que se le pareciera, de modo que entramos en el enorme jardín sin esperar a ser invitados.
Los árboles que crecían en torno a la casa tampoco me resultaban familiares, pero no me paré demasiado a observarlos. Todo el jardín estaba perfectamente arreglado, pero mantenía un aspecto salvaje que recordaba a algún tipo de jungla. Fuesen como fuesen los habitantes de esa mansión, seguramente tenían algo que esconder.
La puerta nos esperaba sobre unos escalones cubiertos de hojas secas.
Me repetí a mí misma que no pasaba nada, al fin y al cabo solo eran personas, y yo no estaba sola. ¿Qué era lo peor que me podía pasar?
Lo sabía. Que esa chica en realidad no fuera de mi mundo.
Sería una decepción enorme, porque albergaba la esperanza de que ella supiera cómo regresar a casa.
No tenía pensado quedarme en ese mundo para siempre.
Respiré hondo mientras cogía la pesada aldaba de la puerta y la dejaba caer sobre la superficie de madera brillante. El sonido retumbó por toda la urbanización como el eco de una caída, contribuyendo a que la atmósfera tétrica se hiciera más pesada.
Esperamos.
El sonido de unos pasos por el pasillo se fue haciendo más y más fuerte hasta que fue interrumpido por el de una cerradura al abrirse.

